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Un comunista es aquél que leyó a Marx, un anticomunista es aquél que lo entendió, decía Ronald Reagan, con el mismo entusiasmo con que desafiaba a Gorbachov a derribar el muro de Berlín: “Secretario General Gorbachov, si usted busca la paz, si usted busca la prosperidad para la Unión Soviética y Europa Oriental, si usted busca la liberalización: ¡Venga a este muro! ¡Señor Gorbachov, abra esta puerta! ¡Señor Gorbachov, haga caer este muro!”, le planteó airadamente en Berlín con el muro a sus espaldas.
Al finalizar su mandato, en junio de 1989, Reagan afirmaba, con claridad premonitoria, lo que habría de ser en breve el final de la lucha entre el capitalismo norteamericano y el comunismo soviético y el arma secreta con que contaría el primero: “La información es el oxígeno de la edad moderna. Ella se filtra a través de las paredes coronadas por alambres de púas, ella flota a lo largo de las fronteras electrificadas… El Goliat del totalitarismo será derribado por el David del microchip”.
Pasó bastante poco tiempo para que, en medio de eufóricos festejos y emocionantes escenas de reencuentros después de años de distanciamiento provocados por la ignominia, el muro se derrumbara. El tecnotropismo capitalista (definido brevemente como la permanente tendencia cultural de la humanidad hacia la generación y aplicación de la tecnología) había ganado la Guerra Fría.
La Guerra Fría fue una guerra de conocimiento, fue una guerra tecnológica (de la cual “la guerra de las galaxias” fue sólo una parte). Su aspecto principal estuvo definido por la cerrada oposición de dos modelos económicos y políticos puestos a competir frenéticamente.
El bloque occidental, liderado por EEUU, entendió la manera en que funcionaba el tecnotropismo; el bloque oriental, con la guía espiritual de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, trató de ejecutar un modelo que imaginaba superior. El primero utilizó el poder de la iniciativa privada para saciar la sed del tecnotropismo; el segundo planificó desde el gobierno y negó la posibilidad de que algún privado tuviera incentivos económicos en la generación de tecnología.
Como resultado de ello, el sistema capitalista concibió una cantidad y calidad de tecnología imposible de abarcar por su contendiente. El modelo comunista capituló. Devorado por el tecnotropismo capitalista, se rindió, se dividió y comenzó a adherirse al sistema que antes combatía. Hoy no existe el muro. Europa es una sola. El experimento terminó.
Autor: Martín Carranza Torres Socio de Carranza Torres & Asociados -Asesoramiento Legal en Tecnología-
(*)Adaptación de extractos del libro: Derecho de la Innovación Tecnológica. Una historia del tecnotropismo capitalista, Abeledo Perrot, Bs. As., 2008, Segunda Parte, Cáp. 4.
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